Estoy muy contenta con mis últimas adquisiciones discográficas, no sólo porque me gustan mucho, sino porque su adquisición viene acompañada de esos detalles que no se olvidan y que confieren al objeto mucho más valor.
El último y primer disco de David Palomar llegó a mis manos en un sitio poco usual y paradigmático de Cádiz: la taberna más famosa del Barrio de la Viña: Casa Manteca, barrio que es también el del cantaor.
En la escapada de Jerez al Cádiz del Carnaval Chico, la amiga que me acompañaba me llevó a la conocida taberna, flamenca y torera, de Casa Manteca para descansar y tomar los también afamados "chicharrones". Mientras degustábamos nuestra tapa con un par de copas de manzanilla de Sanlúcar, sonaron unas soleares que me hicieron enmudecer; primero creí reconocer en el estilo el aire de Jerez -del Chozas-, pero el cantaor no parecía de allí. Bien pronto caí en la cuenta de que debía ser el cantaor de Cádiz que había escuchado en el Palacio de Villavicencio, el año anterior. Pregunté y salí de dudas.
Salí de dudas, y salimos del bar con sendos discos de David Palomar, Trimilenaria.
El disco no empezó a sonar en mi casa hasta que no llegué a Madrid, y ahora no para de hacerlo. Empieza con estos tangos que dan título al CD, y que en un principio me asustaron por los coros que acompañan al cantaor. Normalmente aborrezco los temas flamencos con coros, que no sirven más que para ocultar y tapar las limitaciones del cantaor solista. Pues bien, en este tema han llegado hasta gustarme, y si en una interpretación en directo no estuvieran presentes, creo que los echaría mucho de menos. Me pongo a bailar cada vez que los escucho.
El disco es un gran homenaje a la ciudad de Cádiz, a sus lugares y gentes, a su barrio... Es uno de los discos más claramente personales, meditados y sentidos por un cantaor flamenco, que además escribe sus letras.
¡Ojalá fueran así de sentidos todos los discos flamencos y todos los homenajes!
¡Salud! ¡Romano David!
La Triniá admiradora.
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miércoles, 18 de marzo de 2009
lunes, 16 de marzo de 2009
Cádiz y Jerez: tan cerca, tan lejos...
Hoy se cumple el segundo "mensuario" del Barrio de la Triniá. Pero no puedo hablar de Málaga: esta ciudad, aunque no sea muy bonita, es mi amor público.
Hoy quiero hablar de mis amores secretos: Cádiz y Jerez, a los que acabo de visitar.

Hoy quiero hablar de mis amores secretos: Cádiz y Jerez, a los que acabo de visitar.
Cádiz y su Barrio de la Viña

Siempre que voy a Jerez -a su Festival- me escapo un día a Cádiz, y siempre recibo distintas sensaciones de cada una de estas poblaciones.
Amo a las dos ciudades, pero con sentimientos muy contrapuestos.
Jerez es un novio guapo, varonil y señorial, pero excesivamente formal y exigente. Jerez se te entrega, si tu pones antes y no tonteas con nadie más: es muy exclusivista.
Cádiz es el donjuan, que embruja y seduce, que a todo el mundo se ofrece y cautiva, pero que no se queda con nadie: toma y abandona.
La atmósfera y la vida que se observa en Jerez es la de un poblachón -pueblo grande con vida provinciana-. Pueblo rico y laborioso, se organiza en círculos cerrados, y su gran celebración no es el Flamenco -como podría parecer-, sino la confraternización de la Semana Santa y de los caballos. Pueblo de caballeros y cofrades; ceremonia de la solemnidad y la masculinidad. Jerez es romana.
Cádiz es femenina en sus antojos y burguesa de apariencia. Comercial, luminosa e informal. En las calles y en las gentes de Cádiz se percibe la materia de la que está hecha esta raza: el poso tranquilo de miles de pueblos y civilizaciones antiguas, que ha dado luz a una estirpe que no se achanta por nada, pero que tampoco se mueve; nada le espanta o asombra, y ella misma es asombrosa. Salen adelante con ingenio, sin que parezca que están trabajando, como en Jerez. Su gran celebración no es la religión de los hombres, sino la trasgresión femenina del Carnaval, la irreverencia, el travestismo, el rito oriental. Cádiz es fenicia.

Jerez de la Frontera. El Gallo Azul y la Calle Larga
Hasta su cante flamenco es muy diferente.
El cante de Jerez tiene empaque, es seco, rotundo: se lo toman muy en serio, como si les fuera la vida en ello. El cante de Cádiz tiene un aire extravagante y juguetón: sus voces cantaoras arrastran el cante como con desgana, sin creérselo mucho y sin que parezca que están poniendo demasiada carne en el asador.
Estas reflexiones tan peculiares y subjetivas me las hice después de esa escapada gloriosa a Cádiz, el domingo del Carnaval Chico. Por la noche en el Teatro Villamarta de Jerez, para rematar la jugada, me meto a ver el espectáculo "Cádiz de la Frontera", con Pilar Ogalla (Cádiz) y Andrés Peña (Jerez) como protagonistas del baile.
Pero para mí, degustadora insaciable de cante y desconocedora de casi todo lo relativo al baile, los protagonistas fueron los cantaores: de Cádiz, David Palomar y May Fernández; por Jerez, Jesús Méndez y David Lagos.
El cante y el baile gaditano, y luego el jerezano se fue alternando sobre el escenario, y allí se vieron, palpables, las diferencias y las esencias de las dos formas de cantar el flamenco.
¡Cómo disfruto callejeando por el centro de Jerez o de Cádiz! ¡Qué distintas y placenteras sensaciones! ¡Qué diferente la emoción de uno y otro cante!
¡Qué no me obliguen nunca a elegir!
La Triniá romana y fenicia.
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